Cuando el hielo retrocede, el paisaje también cambia: la advertencia que llega desde el Himalaya hasta los Andes

Por Francisco Cereceda

profesor titular Departamento de Química; director CETAM.

23 - septiembre - 2026

A fines de agosto de este año, un desprendimiento de grandes dimensiones en la zona del Langtang Lirung, en la frontera entre Nepal y Tíbet, desencadenó una serie de procesos glaciogeodinámicos que terminaron convirtiéndose en una catástrofe. El material desprendido movilizó hielo, rocas, agua y sedimentos, afectando cauces e infraestructura crítica y generando nuevos riesgos aguas abajo. La preocupación no terminó con la primera inundación: la obstrucción de ríos y la formación de cuerpos de agua temporales mantuvieron abierta la posibilidad de nuevos desbordamientos.

La tragedia volvió a poner una pregunta sobre la mesa: ¿qué sucede cuando un glaciar deja de ser solamente una reserva de hielo y comienza a modificar las condiciones de estabilidad de toda una zona de montaña?

Más allá de la magnitud de la tragedia, el episodio tiene interés para Chile por una razón menos evidente. El retroceso de los glaciares no significa únicamente perder hielo o genera una sequía. También significa cambiar la forma en que funciona una zona de montaña y la cuenca que esta alimenta.

A medida que un glaciar retrocede, pueden quedar depresiones que acumulan agua y forman lagos glaciares. Algunos están contenidos por hielo; otros, por depósitos de rocas y sedimentos conocidos como morrenas. Estas estructuras naturales no tienen necesariamente la estabilidad de una presa construida para resistir grandes variaciones de presión como los debidos a desprendimientos repentinos de grandes masas de hielo o derretimientos de grandes cantidades de agua, producidos por aumentos de temperatura debidos por ejemplo al cambio climático.

Cuando una de estas presas naturales se rompe, el agua puede liberarse en muy poco tiempo y desplazarse por los valles con una enorme capacidad erosiva y destructiva. Estos fenómenos reciben el nombre de Glacial Lake Outburst Floods, o GLOF. Pueden producirse por diferentes mecanismos: aumento de la presión del agua, erosión de la morrena, desprendimientos de hielo o roca, avalanchas, lluvias intensas e incluso movimientos sísmicos.

El cambio climático no constituye necesariamente el detonante directo de cada evento. Sin embargo, sí modifica las condiciones que hacen posible que estos procesos sean más frecuentes o que existan más cuerpos de agua potencialmente inestables. El calentamiento acelera la pérdida de masa glaciar y favorece la aparición y expansión de lagos asociados al retroceso del hielo. Una investigación publicada en Nature Communications estimó que desde 1990 ha aumentado considerablemente tanto el número como el tamaño de los lagos glaciares a escala mundial, incrementando también la población potencialmente expuesta a inundaciones de este tipo.

La lección del Himalaya, por tanto, no es que todos los lagos glaciares sean una amenaza, sino que estamos frente a un territorio que está cambiando y por tanto, requiere de nuevas formas de vigilancia y evaluación del riesgo.

Los Andes también están cambiando

Chile posee una de las mayores extensiones de glaciares de Sudamérica. Estos cuerpos de hielo tienen una importancia que va mucho más allá del paisaje: almacenan agua, regulan la escorrentía de las cuencas y contribuyen a sostener los sistemas hídricos durante períodos en que las precipitaciones son insuficientes.

El retroceso glaciar ha generado nuevos lagos y ha modificado otros existentes, particularmente en la Patagonia. De hecho, la literatura científica registra numerosos episodios de vaciamiento repentino de lagos glaciares en esta zona. Un estudio sobre la Patagonia identificó 71 fallas históricas de lagos glaciares represados por morrenas o roca, mientras que investigaciones específicas han reconstruido distintos eventos ocurridos en Chile. La vulnerabilidad del territorio quedó dramáticamente expuesta en diciembre de 2017, cuando un gran aluvión afectó a Villa Santa Lucía, localidad ubicada en la comuna de Chaitén, Región de Los Lagos, junto a la Carretera Austral. El desastre estuvo asociado a intensas precipitaciones y al desprendimiento de material glaciar en el sector del volcán-glaciar Yelcho. La remoción en masa movilizó aproximadamente 7,2 millones de metros cúbicos de material, afectó unas 90 hectáreas y provocó la muerte de 21 personas, además de dejar una persona desaparecida y destruir gran parte de la localidad.

Por eso, hablar de riesgo glaciar en Chile no significa anunciar una catástrofe inminente. Significa reconocer que la geografía que conocemos está cambiando y que la planificación territorial debe cambiar con ella, relevando además la importancia de instalar y mantener un monitoreo permanente de la cordillera de los Andes.

Existe, además, otra dimensión menos visible de este problema. Un glaciar puede retroceder por el aumento de las temperaturas, pero su evolución también está condicionada por lo que ocurre en la atmósfera. Partículas provenientes de procesos de combustión, entre ellas el carbono negro o Black Carbon, pueden desplazarse desde zonas urbanas, industriales o agrícolas y terminar depositándose sobre nieve y hielo, acelerando el retroceso de estos glaciares y por ende la frecuencia e intensidad de los GLOF.

Esta relación entre contaminación atmosférica y pérdida de hielo ha sido estudiada en los Andes centrales de Chile por más de 20 años por el Centro de Tecnologías Ambientales de la Universidad Técnica Federico Santa María y han mostrado la importancia de considerar las emisiones antropogénicas dentro del análisis del retroceso glaciar en esta región.

Esto introduce una idea importante: el estado de un glaciar no depende exclusivamente de lo que ocurre sobre la montaña. La atmósfera también forma parte de ese sistema.

Este principio también ha orientado el trabajo desarrollado por investigadores del CETAM en la Antártica, donde se han estudiado aerosoles, carbono negro, gases atmosféricos, nieve, radiación y albedo en diferentes puntos de la Península Antártica. Las campañas ECA financiadas por INACH, permitieron comparar lugares con distintos niveles de influencia humana y estudiar cómo los contaminantes pueden alcanzar incluso ambientes considerados remotos.

La cordillera y la Antártica parecen mundos separados, pero desde el punto de vista ambiental comparten algo fundamental: el hielo registra las condiciones de la atmósfera que lo rodea y su derretimiento se está acelerando producto de la actividad antrópica.

El mensaje que llega desde las montañas

La tragedia del Himalaya no permite afirmar que Chile esté frente a un evento equivalente ni que un GLOF vaya necesariamente a producirse en una determinada cuenca de manera inminente. Las características geológicas, climáticas y sociales de los Andes si bien son diferentes a las del Himalaya, presentan un parecido que no se puede obviar.

Pero nos deja sí una advertencia válida para cualquier región montañosa: cuando se afecta la criósfera, se afecta también el territorio que depende de él.

Para Chile, comprender esa transformación exige mirar simultáneamente al glaciar, el agua, la atmósfera y las actividades humanas que ocurren kilómetros más abajo.

El monitoreo desarrollado por instituciones como el CETAM apunta justamente en esa dirección. Estudiar el carbono negro, los aerosoles, la nieve, el hielo y la radiación no es solamente medir contaminación. Es intentar reconstruir una parte de la cadena de procesos que conecta nuestras emisiones con uno de los componentes más sensibles del sistema climático. Para esto es esencial reforzar las capacidades de monitoreo en estas zonas de montaña, en este sentido los laboratorios refugios NUNATAKs (NNTK) del CETAM-UTFSM, representan actualmente la única infraestructura de monitoreo crio-atmosférico permanente y constante en el tiempo que tiene el país. Actualmente NNTK-1 está cumpliendo 10 años de monitoreo continuo (cuenca del Aconcagua) y NNTK-2 ya cuenta con 5 años de monitoreo permanente (cuenca del Maipo). La evidencia internacional indica que debemos reforzar las capacidades de monitoreo en zonas de montaña para detectar a tiempo este tipo de emergencias naturales y de esta forma prevenir a la población evitando en especial la pérdida de vidas humanas.

Los glaciares no solo almacenan agua: también registran los cambios de la atmósfera y transforman el territorio que depende de ellos. Comprender esas señales y monitorearlas de forma permanente es una condición necesaria para anticipar riesgos y adaptarse a una cordillera que ya está cambiando.

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