Arquitectura y coexistencia: repensar el espacio común

Por Pedro Serrano Rodríguez

académico.

Departamento de Arquitectura.

17 - abril - 2026

Una arquitectura solo para humanos, diseñada sin considerar el contexto vivo —tecnológica, hermética, autosuficiente— tiene el potencial de deshumanizar el total. La arquitectura es con el contexto, pero además debiese considerar su armonía global.

Hace cientos de miles de años, el nido humano era mínimo, ligero, casi comparable al de otras especies: un refugio acotado, desmontable, integrado a su entorno inmediato. Luego, en su comportamiento gregario, las familias humanas transitaron por territorios diversos, cargando lo esencial. La arquitectura, como tal, aparece mucho después, cuando el asentamiento se vuelve permanente.

Hoy, en poco más de 10.000 años, el ser humano ha ocupado prácticamente todo el planeta. De aquellos nidos hemos pasado a ciudades extensas, densas, construidas sobre kilómetros cuadrados de suelo. Este proceso, replicado a escala global, ha significado una ocupación intensiva y muchas veces hostil del territorio original de múltiples especies.

En pocas décadas, además, la expansión se ha acelerado de manera exponencial. El aumento de la población humana, junto con el desarrollo de infraestructura —calles, carreteras, edificaciones— ha modificado profundamente los ecosistemas. Las ciudades, en gran medida, se han construido de espaldas a ese contexto vivo.

Sin embargo, la historia demuestra que todas las especies cumplen un rol en el equilibrio ambiental. Aire, agua, suelos, alimentos, incluso la salud física y mental de quienes habitan las ciudades, dependen de sistemas complejos en los que el ser humano no está solo. La idea de que el entorno urbano puede prescindir de otras formas de vida es, probablemente, uno de los errores más persistentes de la planificación moderna.

La humanidad, como principal predador global, enfrenta hoy el desafío de recuperar, para sí misma y para otras especies, los servicios ecosistémicos que hacen posible la vida en común. No se trata sólo de conservar, sino de convivir, coexistir, cohabitar, armonizar con aquello que no es humano, pero que forma parte del mismo sistema.

En este contexto, la arquitectura enfrenta un desafío mayor. Consiste en repensar sus fundamentos para incorporar, de manera efectiva, esta coexistencia. Más de lo mismo —la repetición de modelos constructivos aislados del entorno— parece un camino equivocado.

Desde la academia, algunas aproximaciones comienzan a explorar estas posibilidades. En la carrera de Arquitectura de la Universidad Técnica Federico Santa María, por ejemplo, se ha trabajado en lo que se denomina “ciudad comestible”: propuestas que integran vegetación, producción alimentaria y espacios habitables en estructuras urbanas, buscando no sólo mejorar condiciones ambientales, sino también reconfigurar la relación entre habitantes y entorno.

En este escenario, distintas especies ya forman parte del espacio urbano —aves, murciélagos, insectos— muchas veces en tensión con la actividad humana, pero también como parte de un sistema que sigue operando, adaptándose. Su presencia no es un accidente, sino una señal de que la ciudad nunca ha dejado de ser un ecosistema.

Todo esto no debiese ser considerado como una tendencia cerrada, sino que como una posibilidad entre muchas. Hay aún mucho por estudiar y comprender. Pero si algo resulta evidente, es que la arquitectura del futuro difícilmente podrá sostenerse ignorando el contexto vivo en el que se inserta.

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