La paradoja chilena: criamos mosquitos y matamos a quienes los controlan

Por Valeria Palma Onetto

Académica.

Departamento de Química y Medio Ambiente.

7 - abril - 2026

Cada vez se escuchan más zumbidos en las noches de Chile. No es una percepción exagerada: los mosquitos están aumentando, y no por casualidad. La ciencia lleva años advirtiendo que el cambio climático modifica la distribución y abundancia de estos insectos. Más temperatura, inviernos menos extremos y cambios en las precipitaciones amplían sus ventanas de desarrollo. Pero el problema no termina ahí. En paralelo, las ciudades ofrecen exactamente lo que los mosquitos necesitan: agua estancada en patios, canaletas, recipientes olvidados y espacios urbanos mal gestionados. El resultado es un escenario perfecto para su proliferación.

Hoy el fenómeno tiene dos caras en Chile. En ciudades como Concepción se vive como una incomodidad creciente: más picaduras, más presencia en interiores, más interacción cotidiana. En el norte, en cambio, ya es una alerta sanitaria, con la detección de especies capaces de transmitir enfermedades como dengue o chikungunya. En ambos casos, es la misma historia comenzando. Lo que cambia es la etapa en la que se encuentra cada territorio.

Conviene decirlo sin rodeos: los mosquitos no son sólo una molestia, son el animal que más humanos mata en el mundo, debido a su rol como vectores de enfermedades como malaria, dengue o virus del Nilo Occidental. Chile aún no enfrenta ese escenario de manera generalizada, y esa es precisamente la razón por la que el tema no suele tomarse en serio. Sin embargo, las condiciones que limitaban históricamente a estos vectores están cambiando. Pensar que el país está completamente a salvo es más un acto de fe que una conclusión científica. En ecología, cuando las condiciones se vuelven favorables, las especies responden.

En este contexto, hay una contradicción evidente en el comportamiento cotidiano: mientras se crean criaderos de mosquitos en cada patio con agua acumulada, se eliminan sistemáticamente a sus depredadores. En Chile existe una tendencia casi automática a matar arañas apenas aparecen en una pared, como si todas representaran un peligro inminente. La realidad es otra, en el país se han descrito cerca de 770 especies de arañas, y sólo tres o cuatro tienen relevancia médica potencial. Es decir, más del 99% no representa un riesgo para las personas. Aún más importante: incluso en las especies peligrosas, los cuadros graves son poco frecuentes en términos relativos. Las mordeduras son raras, muchas veces ocurren por accidente y no por agresión, y la gran mayoría no termina en desenlaces fatales. En el caso de la mordedura por araña de rincón, por ejemplo, la literatura médica chilena ha descrito letalidades cercanas al 1–3%, concentradas en situaciones específicas y no como regla general. Dicho de otro modo, el miedo generalizado hacia “las arañas” no tiene sustento proporcional en la evidencia.

Mientras tanto, los mosquitos sí encuentran cada vez más oportunidades. Su ciclo de vida depende del agua estancada, y basta una pequeña acumulación para que se desarrollen cientos de individuos. A diferencia de otros problemas ambientales más abstractos, este tiene un componente doméstico evidente: ocurre en patios, jardines y espacios urbanos cotidianos. Y ocurre al mismo tiempo que se elimina a organismos que ayudan a regular poblaciones de insectos, como las propias arañas.

La situación es clara, Chile todavía no enfrenta la carga de enfermedades transmitidas por mosquitos que existe en regiones tropicales, pero eso no es garantía de permanencia. Las condiciones ecológicas están cambiando y la globalización acelera la llegada de nuevas especies y patógenos. En ese escenario, la pregunta no es si el problema podría aumentar, sino cuándo y en qué magnitud.

Reducir el agua estancada, mejorar la gestión urbana y abandonar la eliminación indiscriminada de depredadores naturales no son medidas complejas. Lo complejo es cambiar la percepción, mientras se siga reaccionando con miedo frente a las arañas y con indiferencia frente a los criaderos de mosquitos, el equilibrio seguirá inclinándose en la dirección equivocada. Y esa es una paradoja difícil de ignorar: en el intento de protegernos de un riesgo sobredimensionado, se está favoreciendo silenciosamente a uno mucho más real.

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