La infraestructura de nuestras ciudades ha tenido y sigue teniendo un rol fundamental como facilitadora del desarrollo de nuestro país. Esto se expresa tanto a través de grandes proyectos de inversión, que favorecen el desarrollo económico y la generación de empleos en las zonas donde se ejecutan, como mediante la accesibilidad a servicios básicos que posibilita la infraestructura, entre ellos el agua potable y la conectividad para el transporte.
Recientemente, diversas autoridades y expertos han manifestado la necesidad de aumentar la inversión en infraestructura en el país, algo que Chile requiere con urgencia. Sin embargo, pareciera que este mensaje no está generando el mismo impacto que tuvo durante las décadas de 1990, 2000 y 2010. En esos años, la inversión en infraestructura, impulsada mediante distintas estrategias de financiamiento, como la asociación público-privada, constituyó una política pública relevante para el país y permitió, en gran medida, ampliar exitosamente la red de infraestructura a lo largo del territorio nacional.
Considerando los avances de las investigaciones internacionales y de aquellas que hemos desarrollado en Chile, utilizando información de nuestra propia infraestructura durante los últimos años, el concepto de infraestructura ha evolucionado. Ya no debe entenderse únicamente a partir de sus componentes físicos, sino también desde el servicio que presta a los usuarios y su contribución a mejorar la calidad de vida de la ciudadanía. Por ejemplo, la infraestructura asociada al suministro de agua potable ya no debe comprenderse solamente como los estanques y la red de tuberías bajo tierra, sino también en función de la calidad del agua que se entrega a los usuarios y de la continuidad del servicio que reciben las personas, tanto en condiciones normales de operación como en situaciones de desastre.
A partir de lo anterior, el mensaje es claro: Chile necesita mantener y aumentar la inversión destinada tanto a extender la infraestructura hacia las comunidades donde aún no existe como a conservar adecuadamente aquella que ya está instalada. Ahora bien, es igualmente importante no olvidar que el desarrollo de infraestructura contribuye directamente a mejorar la calidad de vida de las personas. Por ejemplo, facilita la movilidad en zonas rurales y urbanas, favorece el acceso a la educación y la salud y permite disponer de servicios básicos como agua potable, electricidad e incluso internet.
Por último, es fundamental que exista una adecuada coordinación y un entendimiento común entre los distintos actores que participan en el desarrollo de infraestructura en nuestro país. Entre ellos se encuentran el Estado, en sus distintos niveles —nacional, regional y comunal—; organismos gremiales, como la Cámara Chilena de la Construcción (CChC); centros de estudios, como el CPI; y el mundo académico. La importancia de esta colaboración radica en un principio que no debemos perder de vista: la infraestructura se desarrolla para mejorar la calidad de vida de las personas.


