El 13 de agosto se produjo la falla del muro norte del compartimiento 1B de una instalación de relaves de Dikwena Chrome, cerca de Brits, en Sudáfrica. De acuerdo con la información oficial disponible, se liberó gran parte del material almacenado, con daños en infraestructura minera, una línea ferroviaria y tendidos eléctricos. El flujo también alcanzó un curso de agua cercano. Afortunadamente, no se registraron aún víctimas fatales.
Pero que no haya víctimas fatales no significa que todas las consecuencias de este evento puedan verse hoy. Cuando millones de toneladas de material que debían permanecer confinadas abandonan repentinamente un depósito, el problema no termina cuando el flujo se detiene. El relave queda sobre el suelo, alcanza quebradas y ríos, se mezcla con el agua y puede continuar desplazándose y transformándose mucho después de que desaparecen las imágenes de la emergencia.
Las imágenes aéreas permiten dimensionar la magnitud visible del evento, pero no explican sus causas ni permiten conocer todavía todas sus consecuencias ambientales. La investigación recién comienza y cualquier conclusión sería prematura. Para entender lo ocurrido será necesario revisar el diseño y la geometría del depósito, su secuencia constructiva, la ubicación de la laguna, el funcionamiento de los drenajes, las presiones de poros, el balance de agua, las propiedades de los relaves y los registros de instrumentación previos a la falla.
Esta clase de eventos recuerda que un depósito de relaves es una obra de ingeniería compleja. Sus condiciones cambian durante la operación: aumenta el volumen almacenado, se modifica la geometría, varía la distribución del agua y también pueden cambiar las características del material depositado. El desafío continúa después del cierre, cuando la instalación debe mantener su estabilidad física y química sin el mismo nivel de actividad y supervisión que existía durante la operación.
Quienes trabajamos en mecánica de suelos y fluidodinámica sabemos que los relaves pueden experimentar cambios importantes en su comportamiento. Bajo ciertas condiciones, un material que parecía estable puede perder resistencia y movilizarse como un flujo denso. Su propagación dependerá del contenido de agua, la concentración de sólidos, el volumen liberado y la topografía del terreno, entre otras variables.
Pero hay algo más. Un relave no es simplemente barro. Tampoco es un fluido inerte cuyo único peligro está en la fuerza con que se desplaza. Es una mezcla de agua y partículas minerales que conserva características de la roca que fue procesada y del proceso industrial por el que pasó. Por eso, cuando un relave se moviliza, no solo transporta masa y energía: también transporta minerales y sustancias que pueden interactuar con el suelo y el agua que encuentra en su camino.
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or esta razón, la evaluación de seguridad no termina con el cálculo de la estabilidad del muro. También es necesario analizar las consecuencias de una eventual ruptura: cuánto material podría liberarse, qué distancia recorrería, cuánto tiempo tardaría en llegar a sectores vulnerables y qué infraestructura, cursos de agua o asentamientos quedarían expuestos. También importa saber con qué velocidad llegaría, qué profundidad alcanzaría y dónde volvería a depositarse. Estas preguntas son esenciales para diseñar medidas de mitigación y planes de emergencia realistas.
Cuando el relave alcanza un río, el problema se vuelve todavía más complejo. Parte del material puede depositarse rápidamente, mientras las partículas más finas pueden viajar mucho más lejos. Las lluvias y crecidas posteriores pueden volver a levantar sedimentos que parecían haber quedado inmovilizados. Al mismo tiempo, algunos componentes pueden pasar desde las partículas hacia el agua. La zona cubierta por el relave inmediatamente después de una falla, por lo tanto, no necesariamente representa toda la extensión de su impacto ambiental.
Latinoamérica ya tiene un ejemplo dolorosamente cercano de que las consecuencias ambientales de una falla no terminan cuando el relave deja de moverse. En enero de 2019, el colapso de la presa B1 de la mina Córrego do Feijão, en Brumadinho, Brasil, liberó cerca de 12 millones de metros cúbicos de relaves de mineral de hierro. El flujo arrasó instalaciones, vegetación y comunidades y alcanzó el río Paraopeba. La tragedia dejó 270 víctimas fatales, pero su impacto sobre el territorio y los sistemas hídricos continuó mucho después de la emergencia.
Los estudios posteriores mostraron cómo los relaves ricos en hierro y manganeso ingresaron al sistema fluvial, se depositaron y volvieron a movilizarse con los cambios en el caudal. El río pasó a ser, de esta manera, parte del transporte y redistribución del material liberado. Brumadinho dejó una lección que trasciende las características particulares de ese relave: una falla puede durar minutos, pero sus consecuencias ambientales pueden extenderse durante años.
El caso sudafricano merece por ello atención en Chile. Según la Plataforma Pública de Relaves, nuestro país cuenta con 795 depósitos: 128 activos, 601 inactivos, 53 abandonados, 12 en construcción y uno en revisión. Están distribuidos en nueve regiones y presentan condiciones muy diferentes. Algunos corresponden a grandes instalaciones operativas, mientras que otros son depósitos antiguos, de menor tamaño y con información técnica limitada.
En Chile, esta discusión adquiere una dimensión adicional debido a la composición de nuestros propios relaves. Una parte importante de ellos proviene del procesamiento de minerales sulfurados de cobre. Esto significa que, además de preguntarnos cuánto material podría movilizarse y hasta dónde podría llegar, debemos preguntarnos qué contiene y qué podría ocurrir químicamente con él una vez fuera del depósito.
Los sulfuros que permanecen en algunos relaves pueden oxidarse cuando quedan expuestos al agua y al oxígeno. Si las condiciones mineralógicas y químicas son favorables, este proceso puede generar drenaje ácido y facilitar la movilización de metales hacia suelos, aguas superficiales y aguas subterráneas. No todos los relaves tienen el mismo potencial de generar este fenómeno, y precisamente por eso conocer su composición es parte fundamental de comprender el riesgo.
Esta es quizás una de las razones más importantes para dejar de pensar en un relave simplemente como una masa que debe mantenerse inmóvil. Mientras permanece confinado, controlamos no solo su posición, sino también su interacción con el ambiente. Si ese confinamiento se pierde, cambian simultáneamente las condiciones físicas y químicas a las que queda expuesto. El problema deja entonces de ser únicamente cuánto se mueve el relave: también importa qué transporta, qué puede liberar y durante cuánto tiempo puede afectar al territorio.
Chile posee una larga experiencia en esta materia. El Decreto Supremo N.º 248 regula el diseño, construcción, operación y cierre de los depósitos, mientras que la Ley N.º 20.551 exige planificar el cierre de las faenas y resguardar su estabilidad física y química. A esto se suma una práctica geotécnica desarrollada en un entorno de alta sismicidad.
Sin embargo, la experiencia también incluye episodios que no deberían olvidarse. La falla de El Cobre en 1965 y el colapso del depósito Las Palmas durante el terremoto del Maule de 2010 mostraron las consecuencias de la licuefacción y de la posterior movilización de los relaves. Estos antecedentes explican por qué la respuesta sísmica sigue siendo una cuestión central para la ingeniería chilena.
Uno de los próximos pasos debería ser mejorar la clasificación de los depósitos según su nivel de riesgo. Conocer su ubicación y estado administrativo es importante, pero no permite por sí solo establecer prioridades. También deben considerarse el volumen almacenado, la altura del muro, el método constructivo, las condiciones de saturación, la amenaza sísmica y las consecuencias que tendría una ruptura. A ello debiera sumarse una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué hay dentro de cada depósito? Conocer las características químicas y mineralógicas del material permite anticipar no solo cómo podría movilizarse, sino también qué consecuencias podría tener su llegada a un río, un acuífero o un suelo. Este análisis resulta especialmente necesario en instalaciones inactivas o abandonadas, donde los antecedentes disponibles pueden ser incompletos.
El monitoreo es otro aspecto que requiere atención. Actualmente existen piezómetros, inclinómetros, radares, imágenes satelitales y distintas alternativas de observación remota. El problema no suele ser únicamente la disponibilidad de datos, sino la capacidad de interpretarlos de manera integrada. Una variación en la presión de poros, por ejemplo, adquiere significado cuando se relaciona con el balance de agua, la deformación del muro, la secuencia de depositación y el comportamiento histórico de la instalación.
También parece razonable ampliar la revisión independiente en los depósitos con mayores consecuencias potenciales. Un panel externo puede identificar supuestos que se han mantenido por costumbre, contrastar los modelos empleados y revisar si la operación sigue siendo consistente con el diseño aprobado. Para que este proceso funcione, las responsabilidades técnicas y ejecutivas deben estar claramente definidas.
Los estudios de ruptura y propagación cumplen una función igualmente importante. En Chile existen capacidades para combinar modelos geotécnicos, estudios sobre cómo fluyen los relaves y qué contienen, ensayos experimentales y simulaciones numéricas. Ese conocimiento debe servir para construir mapas de inundación creíbles que permitan saber no solamente qué lugares podrían ser alcanzados, sino cuándo llegaría el flujo, con qué velocidad y profundidad y qué elementos ambientales quedarían expuestos y, sobre todo, para convertirlos en procedimientos que puedan aplicarse: sistemas de alerta, rutas de evacuación, coordinación institucional y ejercicios con las comunidades potencialmente expuestas.
Desde la academia podemos contribuir a mejorar la comprensión de estos fenómenos, y una de nuestras principales fortalezas está precisamente en la posibilidad de abordarlos desde una perspectiva interdisciplinaria. Una falla de relaves no es exclusivamente un problema geotécnico, fluidodinámico, químico o ambiental: es la interacción entre todos ellos. Comprender cómo se inicia una falla, cómo se moviliza el material, qué transporta, cómo interactúa con el agua y el suelo y cuáles pueden ser sus consecuencias para los ecosistemas y las comunidades requiere integrar conocimientos que tradicionalmente se han desarrollado desde disciplinas distintas. La academia tiene la capacidad de generar esos espacios de encuentro y de formar profesionales capaces de mirar estos desafíos en toda su complejidad. Pero las soluciones requieren también un trabajo continuo con las empresas, los organismos públicos y los territorios. La tecnología es útil cuando responde a preguntas operacionales concretas y cuando sus resultados pueden incorporarse oportunamente a las decisiones.
El Estándar Global de Gestión de Relaves propone abordar estas instalaciones durante todo su ciclo de vida, considerando aspectos técnicos, ambientales, sociales y de gobernanza. Esa mirada resulta pertinente para Chile. El desafío no consiste solamente en cumplir una norma, sino en comprobar periódicamente que las condiciones reales siguen dentro de los márgenes considerados seguros.
Todavía no sabemos por qué falló la instalación de Dikwena y corresponde esperar los resultados de la investigación. Tampoco sabemos todavía cuál será la magnitud de sus consecuencias ambientales. Lo que sí sabemos es que una falla de este tipo puede extender sus efectos mucho más allá del límite de una faena y mucho después de que el relave haya dejado de moverse.
Para Chile, el episodio constituye una oportunidad para revisar cuánto conocemos de nuestros depósitos, cómo estamos utilizando la información disponible y qué tan preparados estamos para responder si las condiciones comienzan a apartarse de lo esperado. Porque contener un relave no significa solamente impedir que una masa de material se mueva. Significa también mantener confinados sus posibles efectos sobre el agua, el suelo, los ecosistemas y las comunidades que existen aguas abajo.
Esta columna fue coescrita por los académicos del Departamentos de Ingeniería de Minas, Metalurgia y Materiales de la USM:
Dr. Sergio Palma Moya, director del Laboratorio de Geomecánica y Fluidos Complejos.
Dra. Belén Barraza Sandoval, directora del Laboratorio de Procesos Sustentables.


