El pasado 17 de julio, el DEMRE publicó los resultados de la PAES de Invierno 2026, la aplicación intermedia que sirve como antesala al Proceso de Admisión 2027. Cerca de 31 mil personas egresadas conocieron sus puntajes con la posibilidad de mejorarlos. Como cada año, los titulares se concentraron en las cifras globales de asistencia y en las variaciones por prueba. Sin embargo, un patrón que tiende a pasar desapercibido es cómo el sistema empieza a distribuir el talento por género antes de que se abran los cupos.
Mientras la brecha de puntaje entre hombres y mujeres es prácticamente nula en Competencia Lectora, la diferencia se ensancha notablemente en las pruebas que abren la puerta a las carreras de ingeniería y ciencias. El propio DEMRE documenta diferencias que son estadísticamente significativas y que van en aumento cada año: en la última aplicación con informe detallado disponible, la diferencia promedio en Matemática 2 fue de 34 puntos a favor de los hombres, casi duplicando la brecha del año anterior. En Ciencias, la diferencia fue de 29 puntos.
Ese dato incómodo suele quedar eclipsado por otro más celebratorio. En marzo, cuando se publica la matrícula, Chile anuncia que más del 52% de quienes ingresan a la educación superior son mujeres. Además, el Informe de Brechas de Género 2025 de la Subsecretaría de Educación Superior agrega un dato que suele leerse como una victoria adicional: las mujeres aprueban sus cursos a una tasa mayor que los hombres, 87,2% contra 81,7%. Es la fotografía de los esfuerzos destinados los últimos años a la implementación de políticas con perspectiva de género en educación superior, la que a menudo es ensalzada como triunfo. Pero es solo eso: una foto. Y las fotos, para quienes trabajamos con trayectorias educativas lo saben bien, esconden más de lo que muestran.
Basta mover la cámara un poco para que la imagen cambie. En tecnología, la brecha de participación femenina es de -58,4 puntos porcentuales. En ciencias básicas, de -7,5. Es decir: las mujeres entran más a la educación superior y consiguen notas de aprobación en mayor proporción que los hombres, pero casi no eligen las áreas que la institucionalidad chilena insiste en llamar “estratégicas para el desarrollo”, o STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemática, por sus siglas en inglés). El propio Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile ha mostrado que, incluso controlando por el desempeño académico previo, las decisiones vocacionales de mujeres y hombres siguen reproduciendo sistemáticamente los estereotipos de siempre.
Frente a esa brecha, el Estado respondió con una herramienta conocida: el cupo. La política “Más Mujeres Científicas”, implementada desde el proceso de admisión 2024, entrega cupos adicionales para incorporar mujeres a carreras STEM. Por cierto, se trata de una medida necesaria y probablemente va en la dirección correcta al favorecer la integración de más estudiantes mujeres en el campo STEM. Sin embargo, surge una pregunta que rara vez se le hace a las políticas de acción afirmativa en Chile: ¿qué pasa después de que la puerta se abre? Un estudio reciente sobre siete años de acción afirmativa en el ingreso a Ingeniería advierte que el impacto real no se mide solo en cuántas mujeres entran, sino en si logran una verdadera inclusión en la cultura de la carrera y la denominada comunidad universitaria.
Esta contradicción se materializa en el presupuesto. El instrumento InES Género -que financiaba desde 2021 observatorios y políticas de transversalización en 28 instituciones- fue anunciado este año para su descontinuación, bajo el argumento de que “duplica” al Fondo de Innovación Universitaria. A ello se suma un recorte del 4,7% al presupuesto ministerial para 2026 y un ajuste del 30% proyectado para 2027. Sin financiamiento ni datos desagregados, la política de género en educación superior se reduce a un ejercicio de imagen: a los resultados PAES y al cupo de marzo le sigue el silencio del resto del año.
Esta columna fue coescrita por un equipo multidisciplinario perteneciente al Observatorio de Género en Ciencias e Ingeniería UTFSM
Paulina Santander, coordinadora docente Campus Casa Central Valparaíso, Departamento de Estudios Humanísticos
Andrea Vásquez, académica del Departamento de Informática.
Ángela Cifuentes, investigadora postdoctoral y docente del DEEHH


