¿Qué está fallando en América Latina?

Por Claudio Tapia Figueroa

Académico del Departamento de Estudios Humanísticos.

15 - junio - 2026

¿Por qué los procesos políticos actuales en América Latina son tan cuestionados? ¿Qué ocurre con una clase política que parece más preocupada por mantener sus privilegios que por trabajar en el desarrollo y el bienestar de la población? Y, lo más crítico: ¿es posible salir de esta espiral? 

Como si se tratara de una condena histórica, América Latina ha transitado desde sus orígenes entre caudillismos, intereses económicos particulares, conflictos territoriales y proyectos mesiánicos y dependencias geopolíticas. En cada ciclo, los esfuerzos por encontrar un rumbo propio han chocado con intereses foráneos, dejando una profunda huella en su población. Aunque distintas generaciones han intentado generar caminos alternativos, la región parece regresar siempre al mismo punto de partida, como si fuerzas superiores impidieran consolidar un proyecto regional autónomo.

Nuestra pertenencia al “Sur global”, la más reciente denominación para una región que históricamente ha sido catalogada como periférica, marginal, tercermundista o subdesarrollada, refleja esa constante búsqueda de reconocimiento en un escenario internacional complejo entre el orden político-militar y una encrucijada económica multipolar. Si bien América Latina ha sido un proveedor histórico de materias primas, la riqueza de estos recursos no se tradujo en el fortalecimiento de sus instituciones. Por el contrario, la incapacidad para superar la lógica del sector primario-exportador se ha transformado en una pesada carga simbólica y estructural.

Ya desde mediados del siglo XX el modelo desarrollista quedó atrapado entre el discurso y la realidad de dependencia, derivando en la “década perdida” de los ochenta, y ni la reconversión neoliberal de los noventa tras el fin de la Guerra Fría, lograron finalizar esta dinámica. Tampoco lo han hecho las dos primeras décadas del siglo XXI. Hemos transitado en ciclos donde la clase política ha sido incapaz de levantar proyectos integradores que trasciendan las fronteras internas en lo político y lo económico y se proyecten como políticas de Estado duraderas, más allá del signo ideológico del gobierno de turno.

La contingencia actual da cuenta de esta fragilidad institucional, donde los liderazgos personalistas y el marketing discursivo se anteponen a la búsqueda de soluciones de fondo. La situación actual en Colombia y Perú, con sociedades polarizadas entre izquierda y derecha enfrentadas en un balotaje electoral, no distan del escenario de inestabilidad que Bolivia enfrenta hace meses. A esto se suma la latencia de las reformas de Milei en Argentina y el panorama de paridad estadística entre bloques en Brasil, también con elecciones en el corto plazo. Todo esto nos obliga a preguntarnos cómo destrabar esta mirada bipolar.

Aunque no existe una respuesta única, la salida más sensata radica en el fortalecimiento de las instituciones democráticas y en el rol de una ciudadanía más activa y responsable. Esto implica, entre otras cosas, combatir activamente la desinformación, fortalecer la educación ciudadana, priorizar el diálogo como herramienta de consenso y asumir, de una vez por todas, que, en cada proceso eleccionario, votar a conciencia sí importa.

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