En la Región de Valparaíso, el emprendimiento se ha consolidado como una respuesta concreta frente a un mercado laboral cada vez más exigente. Hoy, más del 80% de quienes emprenden lo hace por necesidad, es decir, para generar ingresos ante la falta de empleo y no necesariamente porque hayan identificado una oportunidad de negocio.
Este tipo de emprendimiento no es un problema en sí mismo. Por el contrario, cumple un rol social relevante, dinamiza la economía y refleja capacidad de adaptación. El verdadero desafío está en lo que ocurre después: si ese emprendimiento logra evolucionar o si queda atrapado en una lógica de subsistencia.
Y esa evolución hoy es limitada. Aunque la región presenta una actividad emprendedora cercana al 32%, la proporción de empresas consolidadas se mantiene en torno al 8%. Es decir, se inicia mucho, pero se consolida poco. Parte del problema radica en cómo se emprende: más de la mitad de los emprendimientos no incorpora nuevas tecnologías y solo cerca de un tercio se percibe como innovador. En un entorno donde la digitalización y la inteligencia artificial marcan la diferencia, esto no es menor.
Superar esta brecha requiere un cambio estructural, pero también cultural. El primer paso es avanzar decididamente en la educación para el emprendimiento desde edades tempranas. En ese aspecto, entidades como el Ministerio de Educación debiesen incorporar, en la enseñanza básica y media, asignaturas tipo taller orientadas al desarrollo de competencias prácticas: tales como la creatividad, la resolución de problemas, trabajo en equipo y comprensión de modelos de negocio. Y es que emprender no es solo una actividad económica; es un estilo de vida que implica asumir riesgos, enfrentar errores y entender que las caídas son, en realidad, aprendizajes.
En segundo lugar, es clave fortalecer la innovación y la incorporación de tecnología. Aquí el rol del Ministerio de Ciencia, junto con CORFO y SERCOTEC, resulta fundamental. Estos organismos debiesen ampliar y focalizar su oferta de instrumentos y concursos de financiamiento para el desarrollo de proyectos de innovación, especialmente dirigidos a emprendimientos nacientes, tanto por necesidad como por oportunidad. Sin acceso a herramientas, capacidades y recursos, la sofisticación del emprendimiento simplemente no ocurre.
Asimismo, parece indispensable fomentar la generación de redes, la colaboración y la asociatividad. El trabajo en equipo no solo mejora la calidad de los proyectos, sino que permite compartir conocimientos, reducir costos y acceder a nuevas oportunidades. En este ámbito, modelos colaborativos como las cooperativas pueden jugar un rol relevante en el desarrollo productivo.
Es precisamente este escenario el que da sentido al Día Mundial del Emprendimiento cada 16 de abril: no solo como una celebración, sino como una oportunidad para reflexionar e impulsar los cambios necesarios que permitan avanzar hacia emprendimientos más sostenibles, innovadores y dinámicos.
Porque el verdadero desafío no está en la cantidad de emprendimientos, sino en transformarlos en motores de desarrollo.


