Cuando el streaming deja de ser una revolución

Por Rodolfo Salazar

profesor.

Departamento de Industrias.

13 - marzo - 2026

Hace una década muchos se encontraban explicando a sus padres o amigos qué era Netflix y por qué alguien estaría dispuesto a pagar por ver películas en internet. El streaming aparecía entonces como una revolución tecnológica destinada a transformar para siempre la televisión. Hoy el panorama comienza a verse distinto. La reciente fusión entre Paramount Skydance y Warner Bros. Discovery sugiere que esta industria podría estar entrando en una fase más conocida en la historia económica: la madurez.

Las tecnologías disruptivas suelen seguir un patrón relativamente claro. Primero aparece una innovación que cambia la forma en que se produce o consume un bien. Luego llega una etapa de expansión agresiva, donde múltiples empresas intentan capturar el nuevo mercado. Pero cuando el crecimiento se estabiliza y el efecto novedad desaparece, los mercados tienden a concentrarse en torno a unos pocos actores capaces de sostener grandes economías de escala.

El streaming parece estar recorriendo ese camino. Tras más de una década de “guerra del streaming”, con la irrupción de Disney+, Apple TV+, Peacock o Paramount+, el mercado comienza a reorganizarse en torno a un número reducido de plataformas globales. Netflix sigue siendo el líder, pero las fusiones recientes sugieren que la competencia tenderá a estructurarse entre pocos actores de tamaño comparable.

Sin embargo, esta convergencia económica también abre una pregunta incómoda. Las plataformas de streaming no solo distribuyen entretenimiento: también producen buena parte de los bienes culturales que influyen en los imaginarios sociales contemporáneos. Cuando el número de actores capaces de financiar y difundir esas narrativas se reduce, existe el riesgo de que también se reduzca la diversidad de miradas disponibles en el espacio cultural.

Este punto resulta especialmente relevante en un momento en que muchas discusiones sociales —desde identidades culturales hasta tensiones políticas— encuentran en el audiovisual uno de sus principales espacios de representación. Si la producción de esos relatos termina concentrándose en pocas plataformas globales, la pluralidad cultural podría depender cada vez más de decisiones editoriales tomadas por un número muy reducido de empresas.

Ese riesgo ya es significativo en el streaming, pero podría volverse crítico si un proceso similar se replica en otras tecnologías emergentes. La inteligencia artificial atraviesa hoy una fase de expansión comparable a la que vivió el streaming hace una década. Si también converge hacia un pequeño grupo de plataformas dominantes, la concentración no solo afectaría mercados, sino también las herramientas con las que se produce, organizan y distribuye el conocimiento en la sociedad.

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