Las empresas saben cuánto gastan en tecnología. Son muchas menos las que saben cuánto valor económico genera esa inversión.
Hoy, la inteligencia artificial domina la conversación empresarial. Las organizaciones anuncian pilotos, herramientas y nuevos casos de uso, mientras los directorios intentan comprender sus oportunidades y riesgos. Pero esta carrera por adoptar IA puede acentuar un problema preexistente: confundir actividad tecnológica con impacto económico.
Medir adopción no equivale a medir creación de valor. Una organización puede incorporar nuevas tecnologías sin conseguir resultados económicos relevantes o puede obtener mejoras sin atribuirlas a sus capacidades digitales, porque sus efectos aparecen distribuidos entre procesos más eficientes, mejores decisiones, nuevos canales o experiencias más personalizadas.
Si una empresa no sabe cómo esas capacidades contribuyen a sus resultados, tampoco puede determinar si está invirtiendo bien, qué iniciativas debe escalar o abandonar. Medir ese valor ya no es responsabilidad exclusiva de las áreas de tecnología: es una cuestión de estrategia empresarial y, por tanto, de la alta dirección y del directorio, quienes deberían centrarse en los resultados económicos que producen estas herramientas.
El problema también aparece cuando intentamos observar la economía del país. No existe una definición única de economía digital ni esta coincide con una industria determinada. Está en las empresas de software, pero también en la minería que optimiza sus operaciones con datos, en el banco que personaliza servicios mediante algoritmos y en el comercio que integra sus canales físicos y digitales. Es una economía transversal y, por ello, difícil de identificar mediante clasificaciones sectoriales.
Chile no parte desde cero. Contamos con encuestas de adopción e indicadores de madurez digital que entregan información valiosa, pero que todavía no muestran con claridad cómo las capacidades digitales se traducen en resultados económicos comparables entre empresas e industrias. El desafío es conectar lo que hoy medimos —acceso, uso e inversión— con la productividad, el crecimiento y la creación de valor.
Esta brecha entre adoptar tecnología y capturar su valor importa, sobre todo en un país donde la creación de empleo se ha debilitado. El desafío es aprovechar la tecnología para que las empresas crezcan, desarrollen nuevos productos, ingresen a nuevos mercados y generen oportunidades laborales.
El valor de la economía digital no es invisible porque no exista, no lo vemos porque es más fácil medir la adopción de tecnología que sus resultados. Identificar ese aporte permitiría orientar mejor las inversiones y convertir la digitalización en una fuente efectiva de productividad, crecimiento y empleo para Chile.


