Llegué a Chile en 2012, atraída por sus cielos, como investigadora extranjera, gracias a un Fondecyt de Postdoctorado. No tenía residencia definitiva ni podía saber que Chile terminaría siendo el lugar donde desarrollaría mi carrera. Hoy soy académica de la Universidad Técnica Federico Santa María, codirijo un Núcleo Milenio y tengo un hijo chileno.
Mi historia no es una excepción. Investigadores han llegado a Chile gracias a estos programas y hoy forman parte de nuestras universidades, centros de investigación e industrias. Algunos permanecen y otros continúan sus carreras en el extranjero, pero durante su paso por Chile forman estudiantes, generan colaboraciones y contribuyen a crear capacidades que permanecen en el país.
Los cambios anunciados me preocupan profundamente. ¿Qué país queremos construir y qué rol tendrá el conocimiento en el camino de Chile hacia una sociedad plenamente desarrollada? La ciencia básica necesita libertad y creatividad para formular preguntas cuyas respuestas muchas veces no podemos anticipar.
Hay además una distinción fundamental: un postdoctorado no es un programa de estudios. Es un trabajo de investigación de alto nivel, realizado por una persona que ya obtuvo su doctorado y que desarrolla investigación de frontera. Su objetivo es incorporar talento al sistema científico nacional y generar nuevo conocimiento desde Chile. Poner barreras de residencia a quienes precisamente se busca atraer resulta contradictorio con la naturaleza del instrumento.
Por supuesto que Chile debe definir prioridades. Pero estas medidas parecen revelar una falta de reconocimiento del valor estratégico de invertir en ciencia básica, educación y conocimiento. La ciencia básica permite desarrollar capacidades propias y avanzar hacia sociedades basadas en conocimiento.
La astronomía es un ejemplo claro: nuestro país alberga los telescopios más importantes del mundo y ha construido una comunidad científicamente competitiva. Ese desarrollo fue posible, en gran medida, porque Chile se abrió al mundo. La internacionalización funciona en ambas direcciones: Chile envía talento al mundo y también necesita atraerlo.
La educación forma parte de la misma ecuación. Es difícil hablar de una sociedad del conocimiento cuando se reducen los recursos para ciencia y formación de capital humano avanzado. La experiencia de países como Corea del Sur demuestra que una apuesta sostenida por educación, ciencia y tecnología puede transformar profundamente una sociedad. El desarrollo no se construye solamente con lo que extraemos de la tierra; se construye con lo que somos capaces de aprender, crear e imaginar.
Chile tiene condiciones extraordinarias para hacer ciencia y crear conocimiento: cielos privilegiados, extensos océanos, volcanes, glaciares, una biodiversidad única y una diversidad cultural y etnológica sin igual. Todo constituye un enorme laboratorio natural y social. Frente al cambio climático, la transición energética y la inteligencia artificial, desarrollar conocimiento propio no es un lujo: es una necesidad.


