“Disruptivo” es algo que produce una interrupción brusca o un cambio radical en un estado habitual de cosas. Abundante literatura y nuestra propia experiencia reportan que la Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) es una tecnología disruptiva en toda regla.
Es disruptiva, en efecto, porque ha modificado el ejercicio de tareas tan diversas como la política, la comunicación, la producción, la investigación y la educación. Es disruptiva, sobre todo, porque al hacerlo ha remodelado también el sentido de esas mismas tareas. Esta realidad refrenda la advertencia del filósofo norteamericano Langdon Winner, según el cual, en el ámbito técnico, repetidamente estamos celebrando contratos sociales cuyos términos se revelan solo después de la firma.
Con respecto a los cambios que se viven en los ámbitos de la educación y la investigación, la universidad se ha convertido en un espacio privilegiado y desafiante para observar las disrupciones sociotécnicas que la IAGen trae consigo. En efecto, aún parece estar tomándonos por sorpresa que, a raíz de la irrupción de los modelos de lenguaje hace tres años, prácticas pedagógicas que habían hecho una carrera de siglos hayan quedado obsoletas.
Numerosas voces claman que este escenario urge decisiones institucionales de las que manen capacitaciones, lineamientos y normativas que agilicen y capitalicen las posibilidades de la IAGen. Pero, antes que eso, urge una reflexión profunda que convoque a todos los actores (académicos, docentes, investigadores y, sobre todo, estudiantes) y que desempolve preguntas ancestrales acerca del significado de aquellas tareas que la IAGen, en principio, iba a apoyar, pero que ha terminado reconfigurando. Como nunca, han cobrado relevancia las preguntas sobre qué significa realmente y qué sentido tiene aprender, enseñar, pensar, investigar, recopilar e interpretar datos, etc. Como nunca, ha cobrado relevancia la pregunta acerca del rol de la universidad como generadora de nuevos conocimientos e
instancia de formación profesional. Sólo a partir de esa reflexión se podrán definir adecuadamente las decisiones institucionales sobre capacitaciones, lineamientos y normativas con respecto al uso de IAGen, y que permita decidir críticamente en qué tareas conviene y en cuáles no conviene ser asistidos –o reemplazados– por un loro estocástico.
Por ejemplo, habrá que repensar si, en este escenario, aún tiene sentido el excesivo foco que las evaluaciones ponen en los resultados y en las métricas que hemos elaborado para medirlos, o si acaso no tendremos que concentrar nuestros esfuerzos en el acompañamiento los procesos que conducen a ellos. Naturalmente, ese acompañamiento debería incluir la construcción de criterios sobre el uso y abuso de IAGen en ellos.
Mucho se ha advertido de los riesgos asociados a una asimilación acrítica de estas nuevas herramientas, especialmente por la pereza cognitiva que podrían suscitar. Sin perder de vista la conciencia de esos riesgos, la interacción con una tecnología tan disruptiva como esta es una feliz provocación para el mundo universitario, que abre una oportunidad privilegiada para pensar en los valores a los que debe supeditarse la eficiencia y en los costos que estamos dispuestos a pagar por ella. Tal vez así, podremos firmar el contrato social que involucra la IAGen en nuestros propios términos y no según el modelo de negocios de organizaciones cuyas motivaciones son, cuanto menos, opacas.


