En 1942, Jorge Luis Borges publicó en La Nación de Argentina “Funes el memorioso”, cuento sobre un joven que lo recuerda todo. Funes conserva imágenes, sueños, sensaciones y gestos mínimos; pero este exceso de información se vuelve un problema. Puede reconstruir un día entero, pero esa reconstrucción le toma otro día entero. Borges sugiere allí una intuición decisiva: pensar no es recordarlo todo, sino olvidar diferencias, generalizar y abstraer (Borges, 1942/2011). Un año antes, al escribir sobre J. Joyce, había anticipado esa figura: “lo indiscutible es que es un monstruo” (Borges, 1941). Esa imagen resulta especialmente actual frente a la IA, pues tenemos datos y respuestas, pero eso no significa necesariamente que comprendamos mejor o que pensemos mejor.
Como tantas tecnologías que han ampliado nuestras capacidades —ver más, desplazarnos más rápido, amplificar la voz o conservar lo que la memoria humana no retiene (no somos Funes)—, la IA puede ordenar datos, apoyar diagnósticos, personalizar aprendizajes y mejorar procesos. Pero la pregunta decisiva es si la usamos para fortalecer nuestra capacidad de pensar o si estamos delegando en ella aquello que exige juicio, contexto y responsabilidad. En un Chile desigual, la IA no puede pensarse solo como herramienta: debe interrogarse también como una forma de poder. El riesgo no está únicamente en que la máquina se equivoque, sino en reducir la complejidad humana a datos, predicciones y rendimiento. Si pensar supone experimentar, preguntar y abrir nuevas preguntas, entonces debemos atender no solo a la información que procesa la IA, sino también a las experiencias sensibles que quedan fuera de sus datos, incluidas aquellas que nunca hemos sabido o querido recoger. También importa la temporalidad: la inmediatez puede hacernos creer que todo debe resolverse rápido y que el tiempo para pensar
se reduce. En sociedades marcadas por la incertidumbre, esa aceleración puede profundizar la desorientación, sobre todo cuando enfrentamos sus respuestas en soledad, sin contraste, deliberación ni acompañamiento colectivo.
No escribimos desde la ingeniería, sino desde la sociología, la psicología y la filosofía, disciplinas que observan cómo la IA impacta nuestras prácticas. Desde allí insistimos en un desafío irrenunciable: saber preguntar, reconociendo que ninguna respuesta agota una realidad histórica siempre parcial, situada y diversa. Desde ahí, nuestra tarea académica y ciudadana será cuidar la posibilidad ética y democrática de orientar su desarrollo y el de la sociedad que avanza con ella.
Esta columna fue coescrita por un equipo de académicos del Departamento de Estudios Humanísticos de la USM:
Lorena Zuchel, Paulina Santander y Daniel Manzano.


