Los incendios forestales que afectan a la zona centro-sur de Chile constituyen una crisis que trasciende la pérdida visible de vegetación. Mientras el país aún procesa el incendio de San Carlos de Apoquindo, ocurrido el 29 de diciembre de 2025 en Las Condes, la emergencia en la Región del Biobío ha alcanzado dimensiones de desastre nacional.
En Santiago, el fuego consumió 1.012 hectáreas de precordillera. En contraste, los incendios Trinitarias y Rancho Chico superan en conjunto las 29.000 hectáreas, con destrucción casi total de viviendas en sectores como Penco y Punta de Parra y un saldo de 14 personas fallecidas. Esta situación se vincula además con incendios recientes en la Patagonia argentina, donde más de 21.000 hectáreas de bosque nativo fueron arrasadas. Al igual que en Chile, el impacto en Argentina ha sido devastador para la biodiversidad y las comunidades rurales. Estos “megaincendios” patagónicos y los actuales de la Región del Biobío confirman un sistema acoplado fuego-atmósfera-criósfera-agua que desestabiliza el balance hídrico regional, acelera el derretimiento de los glaciares y finalmente incrementa el cambio climático.
Estos incendios destruyen vegetación nativa de la precordillera —quillay, litre, espino, guayacán y maqui, entre otras— que funcionan como una infraestructura ecológica: capturan contaminantes, regulan microclimas, favorecen la infiltración de agua y sostienen redes tróficas. La pérdida de esta vegetación no se traduce únicamente en ausencia de árboles visibles; se traduce en una disminución inmediata de la capacidad del ecosistema para filtrar contaminantes y sostener procesos vitales, por ejemplo, en una cuenca tan afectada antrópicamente como la de Santiago.
El fuego degrada además profundamente los suelos. Las altas temperaturas alteran sus propiedades físicas, químicas y microbiológicas, reduciendo drásticamente las poblaciones de microorganismos que son esenciales para el reciclaje de nutrientes y la estructura del suelo. Sin estos, el suelo pierde cohesión, se vuelve más susceptible a la hidrofobicidad, favoreciendo procesos de escorrentía y degradación irreversibles.
Por ello, la recuperación de suelos es un componente crítico de la restauración post-incendio. Desde el Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) de la Universidad Técnica Federico Santa María, iniciativas como BioBennu —basada en bioformulados con microorganismos nativos— buscan reactivar la funcionalidad de suelos siniestrados mediante soluciones basadas en la naturaleza (SbN). Un suelo vivo es un suelo funcional: permite la recolonización vegetal, reduce la erosión y mejora la eficiencia de los procesos de restauración.
Este enfoque es revolucionario porque se fundamenta en SbN y en el principio de que un suelo vivo es un suelo funcional. Los microorganismos del suelo facilitan la descomposición de materia orgánica, la retención de nutrientes y la estructura necesaria para que las plantas puedan arraigar y crecer nuevamente. La restauración acelerada de estos procesos favorece la recuperación de cobertura vegetal, reduce la susceptibilidad a la erosión y disminuye los costos y tiempos asociados a las estrategias tradicionales de reforestación, que a menudo fracasan cuando se aplican sobre suelos degradados y microbiológicamente inertes.
La degradación del suelo tras incendios tiene consecuencias directas sobre la seguridad hídrica y climática: los suelos sin estructura retienen menos agua, aumentan la escorrentía, favorecen aluviones y sedimentación de ríos, y debilitan la estabilidad de las cuencas.
Estos megaincendios están además degradando reservorios de carbono, reguladores climáticos y sistemas hidrológicos clave para todo el Cono Sur, confirmando que los incendios actuales son perturbaciones de escala continental, asociadas a sequías prolongadas, condiciones de contaminación atmosféricas extremas que afectan profundamente la calidad del aire y por ende la salud de quienes respiran el aire contaminado con aerosoles y gases.
Las consecuencias se extienden al sistema climático. En San Carlos de Apoquindo se formó un pirocúmulo capaz de inyectar aerosoles como Black Carbon y Brown Carbon en la atmósfera. El laboratorio NUNATAK-2, ubicado en el embalse El Yeso, detectó aumentos significativos de estas partículas y de ozono, confirmando la llegada de una pluma de humo a más de 2.500 metros de altitud en la cordillera de los Andes.
La deposición de estos aerosoles sobre nieve y glaciares reduce el albedo y acelera el derretimiento. CETAM ha estado documentado este mecanismo desde 2003 en los Andes centrales y la Antártica, evidenciando que incendios cercanos a Santiago pueden contribuir directamente a la pérdida de hielo y a la disminución futura de recursos hídricos. Además, el aumento de ozono troposférico deteriora la calidad del aire, afecta la biodiversidad y actúa como forzante climático de vida corta.
Estos incendios no pueden evaluarse solo en hectáreas quemadas. Requieren una respuesta científica integrada que combine restauración de suelos, monitoreo atmosférico y biotecnología basada en la naturaleza. La recuperación de suelos afectados por incendios no es un lujo científico, sino una necesidad práctica y urgente. Suelos saludables significan cuencas estabilizadas; vegetación que vuelve a captar contaminantes y humedad; mayor capacidad de captura carbono y de retención de CO2, aspectos esenciales bajo condiciones de cambio climático; resiliencia frente a eventos climáticos extremos y, en última instancia, comunidades humanas mejor protegidas. Sin esa recuperación, los efectos del fuego continúan manifestándose y afectándonos durante décadas.
Las llamas que arrasaron San Carlos de Apoquindo y la Región del Biobío nos recuerdan que nuestro vínculo con la naturaleza es profundo y multidireccional: cuando el ecosistema sufre, también sufrimos nosotros. Atender la restauración de suelos y paisajes no es responsabilidad exclusiva de la ciencia, sino de una sociedad que sabe que su bienestar está enraizado en la salud de su tierra.


