El análisis integrado de cuencas, el monitoreo químico del agua y el desarrollo de nuevos modelos hidrológicos permiten comprender que la seguridad hídrica depende no solo de la cantidad disponible, sino también de su calidad y de los procesos atmosféricos y ambientales que la determinan.
Cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, una efeméride establecida por la Organización de las Naciones Unidas el 22 de diciembre de 1992. La fecha surgió tras las recomendaciones de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo realizada en Río de Janeiro ese mismo año, donde se planteó la necesidad de fortalecer la gestión sostenible de los recursos hídricos a escala global. La primera conmemoración se realizó en 1993 y desde entonces la jornada busca promover investigación, cooperación científica y políticas públicas orientadas a la protección y uso responsable del agua dulce.
En el contexto chileno la relevancia de esta fecha se vuelve particularmente evidente. El país enfrenta desde hace más de una década un escenario de megasequía que ha alterado los balances hidrológicos en gran parte del territorio, especialmente en la zona centro-norte. Aunque los últimos inviernos han mostrado episodios de precipitaciones más abundantes y algunos embalses han recuperado parcialmente sus niveles, la percepción de que la crisis hídrica ha quedado atrás no se condice completamente con los indicadores hidrológicos de largo plazo. De acuerdo con reportes hidrometeorológicos recientes de la Dirección General de Aguas del Ministerio de Obras Públicas, a comienzos de 2025 los 25 embalses monitoreados entre las regiones de Antofagasta y Biobío almacenaban cerca de 6.057 millones de metros cúbicos de agua, aproximadamente 13 % más que en la misma fecha de 2024, lo que refleja una recuperación parcial del sistema. Sin embargo, la distribución territorial sigue siendo muy desigual: varios embalses permanecen bajo el 20 % de su capacidad. Por ejemplo, el embalse La Paloma, cuya capacidad total supera los 750 millones de m³, ha operado en torno a los 100–150 millones de m³ en periodos recientes, muy por debajo de los más de 500 millones de m³ que ha alcanzado en años hidrológicos favorables. De forma similar, Puclaro, con una capacidad cercana a los 200 millones de m³, ha registrado volúmenes bajo los 40 millones de m³ en escenarios críticos.
Particularmente en la Región de Coquimbo, reservorios como La Paloma, Puclaro y Recoleta continúan mostrando niveles críticos pese a las lluvias recientes. En el caso del embalse Recoleta, cuya capacidad máxima es del orden de 100 millones de m³, los niveles han llegado a situarse incluso por debajo del 10–15 % de su capacidad, es decir, menos de 10–15 millones de m³ almacenados, muy lejos de los valores históricos que en años normales superaban el 70 % o más de su capacidad. Estos niveles no solo reflejan un déficit prolongado, sino también una alta vulnerabilidad frente a nuevas temporadas secas.
Estos datos muestran que, si bien existen señales de recuperación en algunos sistemas, el país continúa dependiendo de un régimen climático actualmente altamente variable, mientras la demanda por agua sigue aumentando debido al crecimiento urbano, agrícola e industrial, en un contexto de creciente presión ambiental asociada al calentamiento global.
En este escenario, la investigación científica ha comenzado a desplazar el foco desde la simple medición de volúmenes disponibles hacia una comprensión más compleja del sistema hídrico. El agua no puede analizarse únicamente como un recurso almacenado en embalses o ríos aislados, sino como parte de una cuenca integrada, donde interactúan precipitaciones, nieve, glaciares, suelos, vegetación, acuíferos y actividades humanas. Este enfoque permite comprender cómo los cambios en una parte del sistema —como la disminución de la nieve en la cordillera o la contaminación atmosférica— pueden alterar la disponibilidad y calidad del recurso hídrico aguas abajo.
La calidad química del agua constituye, de hecho, uno de los desafíos menos abordados hasta ahora, pero uno de los más críticos de la gestión hídrica contemporánea. En muchas ocasiones el debate público se concentra exclusivamente en la cantidad de agua disponible, mientras que aspectos como la presencia de metales pesados, exceso de nutrientes, material particulado, black carbon (BC) o compuestos orgánicos reciben menor atención. Sin embargo, la seguridad hídrica depende tanto del volumen disponible como de la aptitud del agua para consumo humano, agricultura o conservación de ecosistemas.
El monitoreo ambiental en alta montaña cumple un rol clave en este tipo de estudios. Estaciones de investigación como los laboratorios-refugio NUNATAK-1 en Portillo (cuenca del Aconcagua) y NUNATAK-2 en el embalse El Yeso (cuenca del Maipo) permiten observar cómo la atmósfera, la nieve y el agua interactúan en zonas donde se originan muchos de los principales sistemas hídricos del país. En estos sitios de monitoreo (NUNATAKs) se registran, gases atmosféricos (NOx, O3, CO, etc) deposición de aerosoles (incluido BC), composición química de la nieve y material particulado atmosférico, variables meteorológicas y albedo, datos que permiten comprender cómo contaminantes transportados a gran distancia pueden llegar hasta la cordillera de los Andes y terminar incorporándose al ciclo hidrológico. Un ejemplo muy actual y poco visibilizado, es como contaminantes generados en los incendios forestales como los aerosoles, incluido el BC, son capaces de llegar por la vía atmosférica hasta la cordillera de los Ades, depositarse sobre la nieve y el hielo, acelerando el derretimiento de los glaciares y generando un bucle de retroalimentación que disminuye el albedo e incrementa el cambio climático a nivel local y global. Esta interacción entre fuego y hielo teleconectados por la atmósfera es algo que también debemos entender si queremos proteger nuestras cuencas hidrográficas.
Estos procesos son particularmente relevantes en regiones donde las cuencas abastecen a grandes centros urbanos. La cuenca del río Maipo o la del Aconcagua, por ejemplo, provee agua a millones de personas en la zona central del país (más de la mitad de la población de Chile) y depende fuertemente de la acumulación nival y glaciar en la cordillera. Alteraciones en la química de la nieve o en los procesos de deposición atmosférica pueden influir en la composición del agua que finalmente llega a ríos, embalses y plantas de potabilización y tratamiento de aguas, complicando estos procesos debido a los cambios en la calidad fisicoquímica del agua generada en la cordillera de los Andes.
La observación sistemática de embalses también permite dimensionar la distancia entre percepción pública y realidad hidrológica, el análisis de series históricas muestra que muchos embalses todavía se encuentran por debajo de los promedios de largo plazo o dependen fuertemente de episodios puntuales de lluvia y deshielo. La recuperación parcial y ocasional de almacenamiento no necesariamente implica una estabilización estructural del sistema hídrico en el tiempo.
Esto refleja un cambio más profundo en la forma de abordar el agua como recurso. La gestión hídrica contemporánea requiere integrar hidrología, química ambiental, climatología y planificación territorial para comprender cómo evolucionan las cuencas frente al cambio climático y la presión antrópica. La disponibilidad futura de agua dependerá tanto de la variabilidad climática como de la capacidad de monitorear y anticipar transformaciones en el sistema hidrológico completo, con la intención de asegurar sus servicios ecosistémicos en el largo plazo. El agua como recurso cuasi que ya se debería considerar como un recurso no renovable, para darle el sentido de urgencia en la protección y aseguramiento de este recurso natural esencial para la vida.
En este contexto, el Día Mundial del Agua adquiere un significado que va más allá de la conmemoración simbólica. La fecha recuerda que el agua dulce constituye uno de los recursos más estratégicos del planeta y que su protección requiere conocimiento científico, infraestructura de monitoreo de largo plazo y políticas públicas basadas en evidencia científica. En países como Chile, donde gran parte del abastecimiento depende de sistemas cordilleranos altamente sensibles al cambio climático, comprender la relación entre cantidad, calidad y dinámica de cuencas será clave para garantizar la seguridad hídrica de las próximas décadas. ¡Una vez más vemos en la práctica como sin ciencia no habrá futuro, ni agua!

