Hay fechas que pasan inadvertidas hasta que la realidad obliga a mirarlas con más atención. El Día Mundial de la Nieve, que se conmemora cada tercer domingo de enero, nació como una iniciativa para acercar a niños y familias a los ambientes de montaña y promover los deportes de invierno. Sin embargo, con el paso de los años, esta efeméride ha adquirido un sentido mucho más profundo: hoy es una oportunidad para reflexionar sobre el papel silencioso que cumple la nieve en la regulación del clima del planeta y en la estabilidad de territorios como Chile.
La nieve no es solo una reserva de agua que amortigua los efectos de la sequía propia de la época estival, permitiendo un equilibrio hídrico en los sistemas acuáticos, como ríos y lagos. Es, ante todo, uno de los grandes reguladores térmicos de la Tierra. Su superficie blanca refleja una parte significativa de la radiación solar que llega desde el espacio, el denominado albedo. Gracias a esta propiedad, los mantos de nieve y hielo actúan como verdaderos espejos naturales que devuelven energía al exterior y ayudan a mantener bajas las temperaturas en amplias regiones del planeta. Este mecanismo contribuye a frenar el calentamiento de la superficie terrestre y a estabilizar los sistemas atmosféricos.
Cuando la nieve disminuye, el equilibrio completo se altera, el suelo oscuro y las rocas que quedan expuestas absorben más calor, se calientan con mayor rapidez y refuerza un ciclo de retroalimentación que acelera el derretimiento de la nieve y el hielo, aumentando la temperatura del planeta. En este sentido, la criósfera —el conjunto de nieves, glaciares y hielos— funciona como una barrera natural frente al cambio climático. Su retroceso no solo es una consecuencia del calentamiento global, sino también un factor que lo intensifica.
En Chile, esta dimensión climática adquiere especial relevancia. La extensa franja andina no solo regula el régimen de aguas y los ciclos hidrológicos, sino que también modera las temperaturas regionales, influye en la circulación atmosférica y condiciona los patrones de precipitación. La pérdida progresiva de nieve que experimentamos actualmente en la cordillera no solo amenaza el abastecimiento hídrico: altera el balance energético de la superficie, modifica los climas locales y contribuye a una mayor frecuencia de extremos térmicos, con impactos directos sobre ecosistemas, agricultura y ciudades.
La presión climática sobre la nieve se agrava con el avance de la contaminación, un fenómeno cada vez más evidente en los ecosistemas de montaña. Este manto prístino y extenso, que cubre cordilleras y valles, no solo refleja la pureza natural del entorno, sino que también se convierte en receptor de todo lo que transporta la atmósfera. Los contaminantes, entre los que se encuentran partículas finas, polvo, metales y carbono negro originado por la combustión, se depositan sobre la superficie nevada y alteran su composición fisicoquímica.
La presencia de estas partículas oscurece el manto blanco, disminuyendo su capacidad para reflejar la radiación solar. Como resultado, la nieve absorbe más calor y sufre un derretimiento acelerado, lo que pone en jaque su función como regulador térmico del planeta. De este modo, la contaminación atmosférica no solo degrada la calidad del aire que respiramos, sino que interfiere de manera directa en uno de los mecanismos naturales más eficaces para enfriar la Tierra y estabilizar el clima global.
Los incendios forestales recientes en Chile ilustran con claridad esta conexión. El humo y las cenizas que cubren valles y ciudades no desaparece sin dejar huella. Parte de estos aerosoles es material particulado, el cual puede viajar largas distancias y terminar sobre la nieve de alta montaña. El resultado es triplemente preocupante: por un lado, se favorece un deshielo más rápido; por otro, se debilita la función climática de la nieve como regulador térmico y finalmente estas partículas contienen ciento o miles de contaminantes que al depositarse sobre la nieve cambian su calidad química, impactando en la calidad del agua y capacidad de potabilización. En un contexto de sequías prolongadas y olas de calor cada vez más frecuentes, este efecto colateral del fuego adquiere una relevancia estratégica.
En este escenario complejo, la investigación científica permite comprender procesos que a simple vista resultan invisibles. Por ello, el Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) de la Universidad Técnica Federico Santa María (USM) ha estado estudiando desde el año 2003 cómo la atmósfera, los contaminantes y los eventos extremos interactúan con la nieve y el hielo. Con esta finalidad CETAM-UTFSM, ha instalado en la cordillera de los Andes, laboratorios refugios altamente instrumentalizados denominados NUNATAKs, uno en la cuenca del Aconcagua en Portillo, (NUNATAK-1, a 3.000 msnm) y en la cuenca del Maipo en El Yeso (NUNATAK-2, a 2.500 msnm), lo que ha permitido investigar la interacción entre la atmósfera y la criósfera en condiciones reales, midiendo las propiedades fisicoquímicas de la nieve y monitoreando la concentración de aerosoles y gases contaminantes que ayudan a explicar cómo las emisiones urbanas e industriales, así como las partículas provenientes de incendios, terminan influyendo en la dinámica de la nieve y en su capacidad de regular el clima. Gracias a proyectos financiados por INACH, CETAM-UTFSM también ha estado estudiando estos fenómenos en la Antártica, puesto que en especial la Península Antártica es el lugar más sensible al cambio climático y las teleconexiones de este continente con el resto del planeta son fundamentales para entender como nos afecta el aumento de las temperaturas. No se trata de un trabajo aislado, sino de una contribución a un desafío global: comprender cómo proteger los sistemas naturales más eficaces para moderar el calentamiento del planeta se ha transformado en algo esencial para nuestra supervivencia.
El Día Mundial de la Nieve invita a una mirada más amplia. Celebrar la nieve no es solo valorar su belleza o su importancia como aporte al agua que bebemos. Es reconocer que cada manto blanco en la cordillera cumple una función silenciosa pero decisiva en la estabilidad térmica de la Tierra. En tiempos de cambio climático, incendios recurrentes y contaminación persistente, cuidar la nieve equivale a proteger una de las defensas naturales más importantes que aún conserva el planeta. No es una causa estacional: es una responsabilidad que compromete el futuro climático de Chile y del mundo. Por eso es tan importante la investigación en estas temáticas, ya que sin ciencia no hay futuro.


